Feminismos

No todo lo que brilla en los Oscar es oro

No todo lo que brilla en los Oscar es oro

Que los supuestos logros no nos nublen la vista. La discusión tiene raigambres tan antiguas como el feminismo: más mujeres en espacios de poder no significa, casi como condición sine qua non, más representación feminista. La presencia de mujeres haciendo cine no necesariamente indica que las producciones audiovisuales que realicen tengan perspectiva de género. Y, por más que no guste, que la película tenga perspectiva de género no necesariamente significa que debemos salir a celebrarla y aplaudirla porque mujeres haciendo cine lo lograron. El feminismo tiene discusiones tan arduas y picantes como cualquier movimiento político que disputa espacios y también lugares de poder. Los debates que se han generado en el último tiempo en torno a la representación visual que propone el lenguaje cinematográfico en relación a los feminismos no son homogéneas ni livianas. ¿Por qué en un medio tan influyente -y, si se quiere, en algunos casos aleccionador- para la audiencia como el cine no deberíamos dar esta discusión? Si el arte es el núcleo duro de la cultura, las películas son la corteza visible que recubre ese núcleo. Más aún aquellas que tienen una audiencia convocante y que están a un click de distancia de cualquier pantalla, en cualquier formato. Ejemplo de ello son los dos filmes nominados a los Oscar Promising Young Woman y Nomadland, ganadores del galardón a mejor guión original y a mejor dirección, mejor actriz protagónica y mejor película, respectivamente. Nomadland no deja de ser una película que tiene acertadas decisiones de fotografía, construcción de personaje y actuación. Los pequeños gestos de Frances MacDormand y el silencio habitado que produce su actuación sigilosa son el motor de rueda de la película. No podemos decir lo mismo de Promising Young Woman y su construcción de personajes bastante oblicua, con primeros planos innecesarios que no llegan a buen puerto y un manejo de planos generales que pretenden marcar ese adentro/afuera, privado/público en la vida de la protagonista y generar una construcción ¿cómica?, pero no alcanzan a transmitir la intencionalidad que prometen. En ambas películas, hay algo que a simple vista atrapa y convoca, pero no deja de ser peligrosa su aparente convocatoria estética porque justamente encubre lo que, en el fondo, molesta. Emerald Fennel barre debajo de la alfombra ciertas torpezas técnicas con una escoba de paleta de colores y diseños visuales más bien característicos de lo pop; por su parte, Chloé Zhao y su equipo dan señas de capacidad y destreza: los planos generales que enmarcan los bellos paisajes de la potencia mundial casi nos hacen olvidar que retrata a un sector de la población arrasado por la recesión del 2008 en Estados Unidos, por más que intente volver una y otra vez a estos nómades que eligen la ruta y sus casillas rodantes como modo de vida, y su relación con la naturaleza. Esa delgada línea entre el documental y la ficción no es sinónimo de que esa es la realidad para todas las personas que quedaron por fuera del sistema: la objetividad en el...

Ahora, todo

Ahora, todo

Le tocaba a Olalla. El escenario estaba ocupado por lxs compañerxs de articulación de Campaña, ese espacio donde hay representación de todo el país, el punto de la máquina donde, se supone, todo tiene que juntarse y funcionar. Y venía Olalla, que podía darnos la victoria definitiva después de tanto callarse, de tanto guardar su voto. Las compañeras terminan, el senador que venía antes también. Olalla tiene la palabra, y silencio. ¿Tanto te guardaste y ahora nos seguís haciendo esperar? Empieza, habla, da vueltas, pero parece que sí, pero no nos ilusionemos, pero parece que sí, que no, que sí que sí. Voy a dar el sentido de mi voto: se corta el audio. Voy corriendo a ver a Nacha. ¿Escuchaste lo que dijo? Abro Twitter: Olalla a favor. Se me agolpan las lágrimas, todas juntas. Ya está, Nachi. ¿Ya está? Ya está.Entré a la Campaña en 2017, cuando todavía no había ni marea verde ni te hacían problema por colgar el pañuelo verde de la mochila. Llegué a tener discusiones engranadas, muy engranadas con mi entorno por militar ahí. A la primera reunión fui con mi pañuelito puesto, que había conseguido no mucho antes. Éramos muy poquitxs en general, salvo en esa primera reunión porque justo se estaba armando una marcha y una conferencia de prensa. Después, siempre diez o algo así. La segunda reunión fue en el altillo de Awkaché, un centro cultural que quedaba a la vuelta de mi monoambiente. En esa reunión estuvieron por primera vez compañeras estudiantes de medicina que contaron que querían hacer una cátedra libre sobre aborto como problema de salud pública en la facultad de medicina de la UNLP. “Nos van a echar, no nos van a dar lugar”. Y ahí, diáfana, la voz de María Julia Constant: “no importa, compañeras. ¿Saben la cantidad de veces que nos echaron de lugares? Acá lo que importa es que la gente sepa, para que salga la ley”. Anoche estuve hasta último momento discutiendo con compañeras, no en el mejor tono. Tres años y medio después, bastante más cansada y desencantada de lo que significaba militar en ese espacio, del esfuerzo que significa disputar construcciones horizontales y democráticas y no excluyentes ni discriminadoras: todo eso cansa, es muy difícil y trabajoso. Como todos los eventos o marchas en los que estuve desde fines del 2018, me tocó hacer seguridad y autocuidados. Alcohol en las manos, cuidar el vallado y pelearme por esas cosas no definidas de antemano que una siempre, siempre, quiere cambiar cuando le parece que no están bien. Me fui molesta de una discusión y me senté a ver el debate, pero inmediatamente Elsa Schwartzman, una histórica, me pidió que me levantara porque ya empezaba Mayans. Y ahí la vi a María Julia: desde la fundación de la Campaña y seguía ahí, con su sonrisa irredenta, las manos en el celular, el pelo largo apartado de la cara y los ojos fijos en sus compañeras, no en la pantalla. Siempre dije que María...

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