El grito a la nube

Josecito «el Desobediente»

Josecito «el Desobediente»

Advertencia: los textos de esta serie son autorreferenciales, tendenciosos, falsos y no pretenden nada. La semana pasada volvía del trabajo en tren, pensando qué posibilidades había de que pudiera ver la tierra desde la estratósfera y de que la flaca sentada en frente me pidiera el número. Ambas igualmente factibles. Tenía la cabeza apoyada contra el vidrio y el movimiento del tren me invitaba a quedarme dormido, aunque sabía que no podía dejar que eso pasara porque, si me pasaba de estación, iría a parar al culo del conurbano, algo que ningún oficinista puede permitirse. Cuando luchaba contra el sueño, entre cabeceo y cabeceo, escuché una voz muy grave.—La única forma de no quedarse dormido es escuchando una buena historia. Miré rápido y me apreté la mochila contra el pecho. Esas palabras solo podían salir de la boca de un asesino o un pastor evangelista de esos que salen en la tele a la madrugada. Pero lo que vi no fue nada de esto sino un señor de unos sesenta años, con camisa, barba recortada y un poco —bastante— gordo que me miró y me sonrío. —Estoy haciendo lo imposible, me bajo en 4 paradas. Despertame si me duermo —le dije, tranquilo de que no fuera nada de lo que había pensado, y le devolví la sonrisa—.El viejo me hizo una seña de que me quedara tranquilo y me dejé llevar por el sueño. Apoyé la cabeza contra el vidrio y, cuando estaba a punto de desmayarme, escuché que empezó a hablarme como si en algún momento yo le hubiera pedido que me contara su historia. —Vos sabés que en el norte de nuestro país, en un pueblo muy poco poblado, existió un joven llamado José Argentino Roberto Lánguido Ortiz. Le decían Josecito —y sí… pensé sin decir nada—. Él era un pibe muy especial, todos lo conocían porque desde chiquito había mostrado una capacidad sobrenatural para flotar. ¡¿Qué?! Yo sabía… Era obvio que estaba loco. ¿Ahora qué hago? —no podía pararme e irme, mirá si me seguía—. —Nadie sabía por qué, pero al flaquito había que atarlo al suelo o dejarlo en ambientes cerrados porque si no se te iba volando. Era muy muy flaco, pero todos los doctores que visitó afirmaron que su condición nada tenía que ver con su peso. Parecía que el pibe simplemente “no obedecía a nadie, ni siquiera a la ley de la gravedad”. Entonces le indicaron un tratamiento psicológico en la capital, un acompañamiento terapéutico para ver si podían solucionar su problema de conducta. Hizo tratamiento conductual, terapia de choque, le hicieron mirar manchas de tinta en un papel y hasta lo electrocutaron. De todo, pero no había caso: Josecito, en cuanto lo desatabas, se iba volando. Cada vez que me decía que Josecito se iba volando yo miraba por la ventana a ver cuánto faltaba para mi estación. Estaba, contra todos mis miedos, ante este escenario: un psicópata me contaba una historia desquiciada y era cuestión de tiempo que sacara un cuchillo...

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