Adiós, Diego

Apátridas

Apátridas

Vivir casi la mitad de tu vida fuera del país y que se muera el Diego es como si te dejaran a la deriva y sin pasaporte. Enterarse a más de 12 mil kilómetros de Buenos Aires que se murió Maradona - y por lo tanto el fútbol - y con ello parte de la vida y del país que hasta ahora conocíamos, nos deja con la sensación amarga de vernos súbitamente como apátridas. Pero en el Mediterráneo la prensa helénica dice que los dioses son inmortales, y con el 10 no hacen la excepción. Sobran las anécdotas de argentinos en el exterior donde la sola mención del apellido del Diego te abría las puertas a una hospitalidad desconocida, aunque afuera supusieran que Argentina quedaba en África. Fue justamente contra Grecia que Diego hizo su último gol con la Selección Nacional: https://youtu.be/58s_4ZMwF1A Maradona Blues Sin ser futbolero, creo que tuve mi primera camiseta de la selección - la del ‘94 - a los 9 años, y como me quedaba grande la seguí usando por casi una década. Crecer al otro lado de la frontera en la década de los noventa no fue nada fácil, y aunque ni siquiera había nacido cuando se logró el campeonato del ‘86 y era muy chico para recordar flashes de Italia ‘90. Mi viejo en su momento me lo explicó, pero yo con apenas cinco años no entendí qué significó la frase 'le cortaron las piernas’ al Diego. Por lo tanto, defender a la albiceleste era escudarse en glorias pasadas en épocas de jogo bonito brasileño y escándalos e internaciones de Maradona en Cuba. Soy de esa generación que con suerte vio algún gol del Diego durante un partido a beneficencia en el Luna Park, poco antes de que resurgiera de las cenizas, rodeado de su círculo íntimo, con La Noche del 10. Hago mías las palabras que el colega Ignacio Conese compartió en Instagram: “Argentina, Maradona.Tengo el corazón partido.Para los que nos criamos lejos de este suelo nos pusiste el apellido; porque nadie tenía idea dónde quedaba Argentina, pero el mundo entero sabía de vos Diego.La última vez que este país fue completamente feliz fue gracias a vos y fue hace tanto tiempo. Ahora somos millones llorando y en eso también nos uniste.Dios murió.Lo que nos queda es esta realidad que a veces se vuelve demasiado insoportable. Demasiado injusta.Demasiado triste.” Es nuestra religión, nuestra identidad Los últimos meses de la vida de Diego fueron de una agonía colectiva similar a la del desprendimiento de un glaciar. Solamente que un día el glaciar se derritió, como las alas de Ícaro volando demasiado cerca del sol. Más de uno tuvo que usar el film de Kusturica como explicación de la metáfora maradoniana cuando un extranjero visitaba nuestro país. Ahora resulta que para explicar nuestra argentinidad no alcanzan los archivos televisivos, las míticas frases del 10 a la prensa o las canciones que ya forman parte de nuestro folklore. Estos días que pasaron fueron de llanto, homenajes...

Adiós, Diego

Adiós, Diego

Hace 40 horas que el aliento del vacío me sopla el cuello. Me doy vuelta y nada. Vuelvo la cabeza hacia adelante y nada. Solo una brisa constante que me hiela, me aturde y entorpece las obligaciones. Me ensimismo y me encierro a perseguir esa corriente de aire en el salvoconducto de mis memorias. Siempre me pasa igual. Cuando me desordeno, como que deambulo por la cancha y las pelotas terminan sin destino claro. ¿Y qué haces? La primera, la reventás; la segunda también, pero a la tercera no queda otra que pararla y pensar. Acomodarte. Hace 40 horas nos dijeron que Diego Armando Maradona había muerto y a mí se me vino el cielo abajo. Estoy tirado, pidiendo la falta, dolorido y agarrándome la cara. Lloro, me siento culpable (¿por llorar?), medito si prender la tele, abrir twitter, hacer ambas, y opto por no hacer ninguna. Glenda Ross Y así, sin pedirlo ni querer verlo, llegan los cambios. Mi fuerza posibilitadora de todo cuanto fueron estos dos días. Que me juzgue el crímen de contradecir a Charly, pero cuando el mundo tira para abajo, es mejor estar atado a otrxs. Tus otrxs. Los que te tiran una soga cuando la mano viene dura. Es que, si a vos te duele algo, para curarlo primero te lo representás. Y cuando no podes, vas a un doctor o un ferretero, esos traductores de cosos y cositos, y lo pones en palabras. “Ah claro esto es una luxación femural y eso un conector mini plug – plug”. Ahora sí.En estas 40 horas, salimos a la cancha e hicimos eso. Nos juntamos entre pares solo para representarnos el semejante Dolor en palabras. Unas palabras que no son tanto más que sonidos de un impulso nervioso; y que son, juntas, unísonas, conceptos colectivos cargados de legitimidad para que podamos atravesar este nuevo mundo. Glenda Ross Un mundo que ya no gira igual y que nos dejó a la otra Argentina en vela. La Argentina callada, de laburantes, amigues, y cabecitas negras que se abrazan y gritan. El llanto gutural y parido con las tripas del hambre está ahí, despierto, angustiado y en la plaza.  Hace 40 horas que estoy menos solo que nunca en toda mi vida. Compartí el silencio, reí y lloré con toda esta gente que quiero. Ahuyentamos el malestar en un ritual cuasi eclesiástico. Nos vimos las caras atravesadas por el más mayúsculo y primigenio Dolor. El que todavía no tiene respuestas pero que ya viene con aprendizajes.Porque los que están ahí aprenden rápido y enseñan aún mejor. Compañeras militantes, docentes y abogados, levantadores de comedores y trabajadores de la cultura. Informales, formales y desempleados. Madres, abuelas, hijos y nietos. Todos estamos ahí. Pasan las horas y estamos ahí. Usamos tapabocas, compartimos lo que algunos aún no tienen, y nos hermanamos a sabiendas de recibir el nuevo mundo que viene, o poder despedir este que se va.  Glenda Ross “¡Dios ha muerto y nosotros somos quienes lo hemos matado! ¿Cómo nos consolaremos,...

Inexplicable

Inexplicable

Son las 10:40 de la noche y me siento a escribir con la segunda copa de vino cargada al lado, en una compu que por la pandemia ya nadie quiere ver más después de las 6 o 7 de la tarde. Hace dos días que lloramos al Diego, que todo nos emociona. Leí decenas de notas, cientos de post, tuits, mensajes. No hay nada nuevo que pueda decir sobre el Diego, pero me siento a escribir. Como decía un amigo “tengo todo el día en la cabeza girando y quiero bajar algo”. Sé que no voy a poder bajarlo con su belleza para escribir, así que ansío leerlo a él. De todas las cosas que pensé en estas horas, una me sigue dando vueltas: ¿por qué esta tristeza por esta muerte? Al Diego lo quise siempre (más allá de sus contradicciones como las de cualquiera de nosotros como ser humano, aunque él fue un poquito D10s y por eso se las criticaron tanto). Pero con esa dificultad que a veces encontramos para declarar el amor, no sé si podía decir que lo amaba. Y acá estoy, llorándolo hace dos días. Que se entienda bien, la pregunta no es por el amor por este tipo, ni por qué produce tristeza su muerte. Eso ya está respondido en el video del tipo tirado en el piso, emocionado contra la Rosada, diciendo “no tenía para comer y él me hacía feliz”. Está respondido en su defensa a muerte de los humildes y su pelea contra todos los poderosos. Está respondido en no poder llevarme a mi viejo de la plaza hoy, porque no llegamos a entrar a despedirlo y él no quería irse. Sentía que tenía que sublevarse, como tantas veces había hecho el Diego, y hacer lo imposible, como tantas veces había hecho el Diego, para poder verlo. La pregunta sin respuesta para mí, lo inexplicable a los 27 años, es cómo ese amor de todo el pueblo por el Diego se nos metió debajo de la piel, casi sin darnos cuenta. No lo vimos jugar más que por videos de YouTube, no vivimos la Guerra de Malvinas y la reivindicación de esos dos goles perfectos, cada uno con su estilo, no puteamos con él cuando silbaban el himno en el 90, y si nos cortaron las piernas en el 94 fue con apenas un año. Mi viejo lo quería inmensamente, mi vieja también, pero no fueron ellos quienes me transmitieron este amor, convertido en estas horas en tristeza. Es inexplicable cómo me sucedió y cómo les sucedió a los miles de pibes y pibas que estaban hoy por la Argentina despidiéndolo. Y no tengo ninguna intención de intentar explicarlo sino solo de disfrutarlo. Disfrutar del sentimiento que nos atravesó en estos días del país como “un puño apretado” de Víctor Hugo, del Diego como “lujo y zarpe” de Cabezón Cámara, de Maradona como el apellido de un país de Ale Wall (si me permiten agregar: del país humilde sublevado), del “fin...

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