Ensayos

Adiós, Diego

Adiós, Diego

Hace 40 horas que el aliento del vacío me sopla el cuello. Me doy vuelta y nada. Vuelvo la cabeza hacia adelante y nada. Solo una brisa constante que me hiela, me aturde y entorpece las obligaciones. Me ensimismo y me encierro a perseguir esa corriente de aire en el salvoconducto de mis memorias. Siempre me pasa igual. Cuando me desordeno, como que deambulo por la cancha y las pelotas terminan sin destino claro. ¿Y qué haces? La primera, la reventás; la segunda también, pero a la tercera no queda otra que pararla y pensar. Acomodarte. Hace 40 horas nos dijeron que Diego Armando Maradona había muerto y a mí se me vino el cielo abajo. Estoy tirado, pidiendo la falta, dolorido y agarrándome la cara. Lloro, me siento culpable (¿por llorar?), medito si prender la tele, abrir twitter, hacer ambas, y opto por no hacer ninguna. Glenda Ross Y así, sin pedirlo ni querer verlo, llegan los cambios. Mi fuerza posibilitadora de todo cuanto fueron estos dos días. Que me juzgue el crímen de contradecir a Charly, pero cuando el mundo tira para abajo, es mejor estar atado a otrxs. Tus otrxs. Los que te tiran una soga cuando la mano viene dura. Es que, si a vos te duele algo, para curarlo primero te lo representás. Y cuando no podes, vas a un doctor o un ferretero, esos traductores de cosos y cositos, y lo pones en palabras. “Ah claro esto es una luxación femural y eso un conector mini plug – plug”. Ahora sí.En estas 40 horas, salimos a la cancha e hicimos eso. Nos juntamos entre pares solo para representarnos el semejante Dolor en palabras. Unas palabras que no son tanto más que sonidos de un impulso nervioso; y que son, juntas, unísonas, conceptos colectivos cargados de legitimidad para que podamos atravesar este nuevo mundo. Glenda Ross Un mundo que ya no gira igual y que nos dejó a la otra Argentina en vela. La Argentina callada, de laburantes, amigues, y cabecitas negras que se abrazan y gritan. El llanto gutural y parido con las tripas del hambre está ahí, despierto, angustiado y en la plaza.  Hace 40 horas que estoy menos solo que nunca en toda mi vida. Compartí el silencio, reí y lloré con toda esta gente que quiero. Ahuyentamos el malestar en un ritual cuasi eclesiástico. Nos vimos las caras atravesadas por el más mayúsculo y primigenio Dolor. El que todavía no tiene respuestas pero que ya viene con aprendizajes.Porque los que están ahí aprenden rápido y enseñan aún mejor. Compañeras militantes, docentes y abogados, levantadores de comedores y trabajadores de la cultura. Informales, formales y desempleados. Madres, abuelas, hijos y nietos. Todos estamos ahí. Pasan las horas y estamos ahí. Usamos tapabocas, compartimos lo que algunos aún no tienen, y nos hermanamos a sabiendas de recibir el nuevo mundo que viene, o poder despedir este que se va.  Glenda Ross “¡Dios ha muerto y nosotros somos quienes lo hemos matado! ¿Cómo nos consolaremos,...

Inexplicable

Inexplicable

Son las 10:40 de la noche y me siento a escribir con la segunda copa de vino cargada al lado, en una compu que por la pandemia ya nadie quiere ver más después de las 6 o 7 de la tarde. Hace dos días que lloramos al Diego, que todo nos emociona. Leí decenas de notas, cientos de post, tuits, mensajes. No hay nada nuevo que pueda decir sobre el Diego, pero me siento a escribir. Como decía un amigo “tengo todo el día en la cabeza girando y quiero bajar algo”. Sé que no voy a poder bajarlo con su belleza para escribir, así que ansío leerlo a él. De todas las cosas que pensé en estas horas, una me sigue dando vueltas: ¿por qué esta tristeza por esta muerte? Al Diego lo quise siempre (más allá de sus contradicciones como las de cualquiera de nosotros como ser humano, aunque él fue un poquito D10s y por eso se las criticaron tanto). Pero con esa dificultad que a veces encontramos para declarar el amor, no sé si podía decir que lo amaba. Y acá estoy, llorándolo hace dos días. Que se entienda bien, la pregunta no es por el amor por este tipo, ni por qué produce tristeza su muerte. Eso ya está respondido en el video del tipo tirado en el piso, emocionado contra la Rosada, diciendo “no tenía para comer y él me hacía feliz”. Está respondido en su defensa a muerte de los humildes y su pelea contra todos los poderosos. Está respondido en no poder llevarme a mi viejo de la plaza hoy, porque no llegamos a entrar a despedirlo y él no quería irse. Sentía que tenía que sublevarse, como tantas veces había hecho el Diego, y hacer lo imposible, como tantas veces había hecho el Diego, para poder verlo. La pregunta sin respuesta para mí, lo inexplicable a los 27 años, es cómo ese amor de todo el pueblo por el Diego se nos metió debajo de la piel, casi sin darnos cuenta. No lo vimos jugar más que por videos de YouTube, no vivimos la Guerra de Malvinas y la reivindicación de esos dos goles perfectos, cada uno con su estilo, no puteamos con él cuando silbaban el himno en el 90, y si nos cortaron las piernas en el 94 fue con apenas un año. Mi viejo lo quería inmensamente, mi vieja también, pero no fueron ellos quienes me transmitieron este amor, convertido en estas horas en tristeza. Es inexplicable cómo me sucedió y cómo les sucedió a los miles de pibes y pibas que estaban hoy por la Argentina despidiéndolo. Y no tengo ninguna intención de intentar explicarlo sino solo de disfrutarlo. Disfrutar del sentimiento que nos atravesó en estos días del país como “un puño apretado” de Víctor Hugo, del Diego como “lujo y zarpe” de Cabezón Cámara, de Maradona como el apellido de un país de Ale Wall (si me permiten agregar: del país humilde sublevado), del “fin...

Carta a Cande

Carta a Cande

Estimada Cande, Espero que te encuentres muy bien. Debo comenzar por admitir que ver La Boulangère de Monceau (1963) me ha remitido, casi inevitablemente, a mis memorias parisinas. No pude evitar pensar en ella. La ciudad de las Luces, la ciudad del Amor, la ciudad de La Maga y su Oliveira, del encuentro labrado en el destino y, para mí, la ciudad del cine. La París que retrata Rohmer no es la París de estos turistas disfrutando del verano a casi 40°, refrescando sus pies, cansados de tanto paseo, en las fuentes del Museo del Louvre, orgullosos de tener en la galería de su celular la ya mítica fotografía de La Gioconda encerrada tras un grueso cristal, que obtuvieron después de sortear con algo de suerte el océano de cabezas expectantes frente a ella. En cambio, creo yo, se asemeja más a la París en la que Cortázar dibujó su Rayuela y, en definitiva, la que construyeron a través de su mirada, tras haber recibido 400 golpes y quedarse sin aliento, los estudiantes -sentados en la silla del maestro- de la Nouvelle Vague, aquella ciudad de los jóvenes saltándose clases y buscando aventuras románticas y sexuales. El protagonista camina, junto a su amigo de la facultad de Derecho, al encuentro del encuentro casual con aquella mujer que se le convirtió en rutina. Una de las cosas que rescato es el aspecto literario de la narración en off. Pronto descubrimos la voz interna del hombre y Rohmer nos regala, casi en exclusiva, el conocimiento de su estrategia de ligue. Así es, nosotros vemos una cara que, para los demás personajes, permanece velada por la actitud de alguien que parece ir por la vida sin un plan establecido. Alguien que intenta mostrarse relajado y desinteresado mientras que a través de ciertos movimientos corporales denota su ansiedad, es decir, podemos identificar cierta incongruencia entre lo que se ve y lo que nos dice. Pero ¿para qué conocerlo desde el nivel psíquico? ¿Será que se nos invita a ser más observadores y juzgarlo desde la privacidad de nuestros pensamientos? ¿Será que da pie a que elijamos asignarle, según nuestro criterio, una etiqueta severa como la de “enamorado” o “narcisista” o de “narcisista enamorado”? ¿Trata acaso de colocarnos en un debate moral? Tal vez Rohmer no está tratando de juzgar a sus personajes, pero pareciera querer que nosotros sí lo hagamos. Me parece interesante la manera como Rohmer introduce progresivamente el factor de la casualidad (lo que no puede controlar) versus la causalidad (las consecuencias de sus actos premeditados): el hombre contra su destino. El primer rechazo de Sylvie y su posterior accidente representan el aliciente del reto. Es como si, perdido, intentara recuperar la sensación de control de su propia vida al proponerse “conquistar” a Jaqueline, y aquí cabe señalar que no me refiero a conquista como cortejo sino como dominación. Aunque el hombre, a través de lo que nos platica, parece estar justificando sus acciones, como queriendo convencernos de su -no malicioso- proceder,...

Josecito «el Desobediente»

Josecito «el Desobediente»

Advertencia: los textos de esta serie son autorreferenciales, tendenciosos, falsos y no pretenden nada. La semana pasada volvía del trabajo en tren, pensando qué posibilidades había de que pudiera ver la tierra desde la estratósfera y de que la flaca sentada en frente me pidiera el número. Ambas igualmente factibles. Tenía la cabeza apoyada contra el vidrio y el movimiento del tren me invitaba a quedarme dormido, aunque sabía que no podía dejar que eso pasara porque, si me pasaba de estación, iría a parar al culo del conurbano, algo que ningún oficinista puede permitirse. Cuando luchaba contra el sueño, entre cabeceo y cabeceo, escuché una voz muy grave.—La única forma de no quedarse dormido es escuchando una buena historia. Miré rápido y me apreté la mochila contra el pecho. Esas palabras solo podían salir de la boca de un asesino o un pastor evangelista de esos que salen en la tele a la madrugada. Pero lo que vi no fue nada de esto sino un señor de unos sesenta años, con camisa, barba recortada y un poco —bastante— gordo que me miró y me sonrío. —Estoy haciendo lo imposible, me bajo en 4 paradas. Despertame si me duermo —le dije, tranquilo de que no fuera nada de lo que había pensado, y le devolví la sonrisa—.El viejo me hizo una seña de que me quedara tranquilo y me dejé llevar por el sueño. Apoyé la cabeza contra el vidrio y, cuando estaba a punto de desmayarme, escuché que empezó a hablarme como si en algún momento yo le hubiera pedido que me contara su historia. —Vos sabés que en el norte de nuestro país, en un pueblo muy poco poblado, existió un joven llamado José Argentino Roberto Lánguido Ortiz. Le decían Josecito —y sí… pensé sin decir nada—. Él era un pibe muy especial, todos lo conocían porque desde chiquito había mostrado una capacidad sobrenatural para flotar. ¡¿Qué?! Yo sabía… Era obvio que estaba loco. ¿Ahora qué hago? —no podía pararme e irme, mirá si me seguía—. —Nadie sabía por qué, pero al flaquito había que atarlo al suelo o dejarlo en ambientes cerrados porque si no se te iba volando. Era muy muy flaco, pero todos los doctores que visitó afirmaron que su condición nada tenía que ver con su peso. Parecía que el pibe simplemente “no obedecía a nadie, ni siquiera a la ley de la gravedad”. Entonces le indicaron un tratamiento psicológico en la capital, un acompañamiento terapéutico para ver si podían solucionar su problema de conducta. Hizo tratamiento conductual, terapia de choque, le hicieron mirar manchas de tinta en un papel y hasta lo electrocutaron. De todo, pero no había caso: Josecito, en cuanto lo desatabas, se iba volando. Cada vez que me decía que Josecito se iba volando yo miraba por la ventana a ver cuánto faltaba para mi estación. Estaba, contra todos mis miedos, ante este escenario: un psicópata me contaba una historia desquiciada y era cuestión de tiempo que sacara un cuchillo...

Carta a Natalia

Carta a Natalia

Querida Natalia, Espero que mi carta te encuentre bien. Recibí tu correspondencia un mediodía de sábado lluvioso, ideal para responderte.Si me permitís una digresión personal antes de adentrarnos en el tema que nos convoca, me gustaría comentarte que, al momento de escribirte, me pregunté por la especificidad del formato elegido. Mi memoria vagó hacia atrás, intentando recordar cuándo fue la última vez que escribí una carta, y la verdad es que no la recuerdo. Por lo tanto, el medio que nos pone a dialogar, al menos para mí, es novedoso. Si a esa novedad, le agrego que la destinataria es una colega con la cual comparto un seminario solo a través de la virtualidad y de la cual me separan miles de kilómetros, y también algunas horas de diferencia, la correspondencia se transforma en todo un acontecimiento. Por otro lado, creo que al escribir una carta opera algo del orden de lo emocional, me atrevería a decir, de lo pasional, y a la vez una búsqueda por comprender aquello que desconocemos, tanto de los destinatarios de la correspondencia como de quien escribe. Aunque una parte del lenguaje se torna inasible, necesitamos narrarlo para comprendernos. Así nos acercamos, al menos un poco, a eso que parece inenarrable, tal vez de modo semejante a lo que nos despierta el cine o, mejor dicho, escribir sobre este, ¿verdad?Viendo el cortometraje de Rohmer, recordaste tu paso por París, como turista y transeúnte. Traes, en ese recuerdo, el París de los '60, que tanta mística nos ha regalado. Mencionas a Cortázar, a los protagonistas de su enorme Rayuela, y no puedo más que pensar en aquel contexto, que se nos presenta con nostalgia y, también, con un dejo de anhelo. Creo que algo de esa mística se destaca cuando observamos a los protagonistas de La Boulangère de Monceau caminar por las calles parisinas y en la manera como el cortometraje nos presenta la ciudad a través de la cámara.Los planos generales de París del comienzo nos sitúan en el espacio: la metrópolis ajetreada, los ciudadanos que transitan las calles, toman el metro, se mueven hacia aquí y hacia allá. Pero Rohmer se detiene en los cafés parisinos y los locales comerciales para transcurrir sus acciones. Allí, los protagonistas, estudiantes de derecho que están a punto de ingresar en el receso vacacional y las mujeres con las que flirtean, caminan su ciudad, enamorándose y perdiéndose en ella. Como describís de una forma muy bella, metaforizando los títulos elementales de su cinematografía, todo esto nos recuerda a la vanguardia de cine francesa de aquellos años. Creo que la Nouvelle Vague también acrecentó esta mística parisina de los '60 a la que haces mención; muchas de sus obras lograron pura magia al momento de filmar la ciudad. De hecho, mientras miraba el cortometraje, mi biblioteca mental de imágenes fue directamente al anaquel donde se encuentran Jean Paul Belmondo y Jean Seberg, filmados por la lente de Jean-Luc Godard. Me disculpo por la asincronía, pero también recordé un cortometraje alejado...

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